Los barcos se cruzan sobre el mar de dudas, y algunos se hunden para no volver a ser vistos. Pasan al recuerdo, y de ahí al olvido en lo que tarda una ola en romper o un imperio en desmoronarse y convertirse en cenizas.
Y así, el galeón de Laura avanzaba, cortando el mar perezosamente, como si las dudas estuvieran hechas de mantequilla, sueños e ilusiones sin cumplir y amantes perdidos. No hay canto de sirenas para sus oídos, solo gritos y susurros de los ahogados, llantos de las madres que pierden a sus hijos. Pero a veces, eso resulta embriagador y cautiva a los marinos desesperados, que solo buscan compañía, o salir del mar de dudas para entrar en un vaso de alcohol.
Al frente de su barco fantasma Laura, como un mascarón de proa tallado en carne observa su alrededor. Luces de neón, fantasmas que no entran en su barco, sino que caminan sin mirar al frente. Avanza con paso tranquilo, sumida en su propio mar. Es hora de echar el ancla, y de paso, un trago.
Camarero, una botella de ron.
